Rosa Deulofeu González
Vida y Memoria
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ASSOCIACIÓ AMICS ROSA DEULOFEU
A la hora de la despedida.
 


Aquel miércoles del mes de enero fue diferente. Y no lo fue porque hubiera acontecimientos atmosféricos extraordinarios. Hacía frío es verdad, pero no más que otros días de este mes. Ni lo fue porque en el mundo político, social o deportivo se descubriera algo tan novedoso que transformara la vida de la humanidad.
Aquel miércoles fue diferente porque muchas personas, creyentes en Jesucristo y miembros de la Iglesia, entendieron de un modo nuevo el sentido de la fiesta que habían celebrado un día antes: la Epifanía del Señor, la manifestación de Dios a todo el mundo.

Aquel miércoles era  el día 7 de enero de 2004  e íbamos a dar nuestro último adiós a Rosa.

 A las diez de la mañana lucía un sol pálido y calentaba muy ligeramente la fría humedad que la noche había dejado sobre la Rambla. Los árboles, sin hojas, ocultaban algún pájaro que, a pesar del frío, afinaba tímidamente su canto. La gente, como de costumbre, iba y venía con paso decidido y con el pensamiento puesto en su trabajo. También, como siempre, había quien vagaba.

Veníamos de la Delegación de Pastoral de la Juventud.http://studio.imhoster.net/sitesttachments/Image/despedida1.jpg

 Aquella mañana Rosa no venía con nosotros. Ya no vendría más.

Llevábamos soledad, esperanza, tristeza, paz... Llegamos a la plaza de la iglesia de Sant Agustí cubierta de sombra en aquella hora. Llevábamos las hojas de cantos para la eucaristía por Rosa. Aún faltaba una hora, pero ya había gente sentada en los bancos de la iglesia esperando el comienzo de la celebración.

Los jóvenes, que durante tantos años han animado la Escuela de oración de la Catedral y otros jóvenes afinaban las voces y los instrumentos musicales.

Pronto se llenó la iglesia. Un lleno total y un poco más. La gente tuvo que estar de pie por los pasillos, al fondo, en la cancela y hasta en la plaza. Se encontraron reunidas más de dos mil personas venidas de distintos puntos del horizonte.

 Se palpaba tristeza y la serenidad.

 Estábamos allá porque todos habíamos experimentado en algún momento que Rosa nunca escatimó esfuerzos por acercarse al horizonte de cada uno y, desde allí, poder mirar juntos al horizonte de todos: Jesucristo y la Iglesia.

 Se produjo un murmullo religioso, lleno de respeto y de emoción.

 Allí nos encontrábamos gentes venidas de diversas procedencias: los padres de Rosa, la señora Montserrat y el señor Juan, su hermano Antoni, sacerdote, y los demás familiares. Se encontraban allí también todos los que estaban rehabilitándose de su pobreza al abrigo de la parroquia de Sant Agustí. Había religiosos, monjas, sacerdotes, diáconos. Había obispos y vicarios episcopales. También estaban representantes del mundo político, cultural, civil y social. Había Delegados Episcopales de Barcelona, de Cataluña y de otras Diócesis de España.

Y estábamos, en fin, los amigos y amigas, que habíamos compartido con Rosa proyectos, esperanzas y preocupaciones, así como tantos momentos de oración.

 Se hizo el silencio en la iglesia. Una extraña mezcla de emoción, de duelo y de gozo contenido.

 Los sacerdotes, se sentaron, formando un coro improvisado a los dos lados de la nave central. Rosa había querido mucho a los sacerdotes. Tal vez porque también lo era su hermano, intuía rápidamente las soledades y los anhelos de cada uno de ellos. Cuidaba de un modo especial la relación con ellos y sufría cuando se nacían difíciles la compresión y el diálogo.

 En Sant Agustí, aquella mañana, había más de doscientos. Su presencia era el fruto de tanto esfuerzo por construir una iglesia en comunión. Presidió la eucaristía nuestro cardenal, Ricard Maria Carles, arzobispo de Barcelona. Lo acompañaban en la presidencia, el hermano de Rosa, mosén Antoni Deulofeu, los obispos auxiliares de Barcelona, Joan Carrera, Pere Tena y Miquel Ángel Saiz, y los obispos de Girona, Carles Soles y de Lleida, Francesc Xavier Ciuraneta. Y dio comienzo la celebración de la eucaristía.  Eran las once y media de la mañana.

 Toda la asamblea se puso de pie y entonó con voz suave y un poco temblorosa:

“Tú nos llamas y en silencio venimos...”

Al pie del altar estaba colocado el féretro de Rosa.
La iglesia de Sant Agustí estaba de bote en bote. Era la iglesia a la que Rosa venía tan a menudo con su sonrisa en los labios, la cordialidad en el gesto y en el corazón, y con el deseo de participar en la eucaristía. Solía decir que era el alimento que la disponía para la alabanza a Dios y el que le daba la fuerza necesaria para llevar a término su tarea evangelizadora al servicio de los jóvenes y de todos.

Y es que, efectivamente, por su fidelidad a la Iglesia lo había dado todo. Se esforzó, hasta el último momento, por ser testigo, no de ella misma, sino del que la había enviado: Dios Padre, bueno y misericordioso

    “Las manos totalmente vacías,
       es lo que esperas y pides de mi:
       dejarlo todo a tus pies...”  
Así continuaba cantando la asamblea reunida mientras la voz se quebraba y los ojos se humedecían...

      “hasta que no tenga,
        no tenga nada....”
Era preciso tragar saliva para poder continuar:

      “... y así Tú puedas entrar
         y llenarme a rebosar.”

Curiosamente, cuando la voz se debilita y se ahoga por emoción, es la hora de la profundidad y de la fuerza de la fe. Es la hora de disponer el corazón para la escucha serena, confiada y esperanzada de la Palabra de Dios.

 “ ... Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor” (Rm 14,7-9. 10c-12), nos decía san Pablo en la primera lectura que escuchamos.

Todos entendíamos en aquel momento que si Rosa nos había cautivado, había sido, precisamente, porque había vivido para el Señor. Las reuniones, los encuentros, las oraciones, todas las conversaciones, los consejos, los silencios y las palabras, todas las sonrisas, las lágrimas y las risas que en algún momento habíamos compartido con ella eran, por encima de todo, una consecuencia de que vivía para el Señor. Aún más, quería que todos viviésemos para el Señor.

Y si así fue su vida, así fue también su muerte. Meticulosa como era, no podía dejar ningún detalle a la improvisación en el momento fundamental de su vida. Por eso, a pesar de todos los temores que acompañan a la muerte, Rosa vivió la suya con una fe viva, consciente de que estaba respondiendo a la última llamada del Padre. “...y si morimos, morimos para el Señor”. 

 Mientras escuchábamos el Evangelio de Juan (Jn 17,24-26), nos venía a la memoria las muchas veces que Rosa nos insistía en la importancia de llegar a ser buenos testigos de Cristo para acercar el mensaje del Evangelio a los jóvenes. Ahora, ciertamente, lo recordábamos. Lo recordábamos y entendíamos la profundidad de su insistencia y, al mismo tiempo, podíamos contemplarla amplitud con la que ella lo vivió. “Padre bueno, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y ellos han reconocido que Tú me has enviado...”(Jn 17,25)

 En la homilía, el cardenal Ricard Maria Carles se refirió a Rosa como “un ángel de Dios entre nosotros”. Era humana, nos dijo, y una gran cristiana que, al ver llegar la muerte, salió al encuentro de Cristo, su Dios y Señor. Subrayó su donación total a Cristo y a la Iglesia, recordando los diferentes ámbitos en los que había trabajado y servido.

A pesar de la tristeza de la separación, toda la homilía reflejaba una acción de gracias a Dios y a Rosa.http://studio.imhoster.netattachments/Image/despedida2.jpg

 Las últimas palabras del Sr.Cardenal fueron una invitación a la esperanza: “Rosa, que ha creído en Cristo, estará ya con Él”.

 I la iglesia entera se sumió en un profundo y respetuoso silencio antes de comunicar la celebración.

Todos estábamos ahí reunidos en torno a la mesa de la eucaristía. Y si lo queréis en términos políticos, estábamos los de izquierdas, los de derechas y los del centro. Si lo queréis en términos de progreso, estábamos los progresistas y los conservadores. Y si lo queréis en términos de compromiso, estábamos los comprometidos y los espiritualistas. Había ricos y pobres, y de clase media. Teólogos, sabios y los no tan sabios. Los que viven en la fe con simplicidad y sencillez. También los críticos. Los de los “esplais” y movimientos. Los de la misa de cada día, los de la misa del domingo y los de la misa de vez en cuando. Los de los grupos. Los jóvenes, los jóvenes y los jóvenes. Los jóvenes de una Iglesia que llaman vieja.

Estábamos todos porque con Rosa podíamos hablar a un nivel que estaba por encima de los intereses y recelos cotidianos y nos fijábamos en Cristo. Sí, a la mesa de la Eucaristía estábamos todos. También Rosa. Y allí, todos juntos, se adivinaba el sentido profundo y grande de la palabra “comunión” cuando se hace de Cristo, como ella decía, el centro de nuestra fe.

 Con esta certeza nos acercamos a comulgar, mientras resonaba este canto de fidelidad y vida:

          “... es necesario morir para dar fruto...
           ... un fruto de vida, que no morirá.”

Después de la comunión, un silencio hecho de tristeza y serenidad, con algunas chispas de gozo íntimo. Música y canto entonado desde la desilusión y la esperanza. Oración intensa, profundamente confiada.

 Antes de despedirnos, el hermano Pere de Taizé leyó un texto que había enviado el prior y fundador de esta Comunidad, el hermano Roger. Expresaba, desde la oración, su proximidad en estos momentos y hacía un llamamiento a vivir con confianza ante la presencia de Dios.

Acto seguido el obispo auxiliar de Barcelona, Joan Carrera, tuvo un recuerdo lleno de emoción para Rosa. “Sin saber ni el día ni la hora vivió a fondo todos los días y todas las horas”, dijo. Recordó que había hecho de su enfermedad un nuevo Getsemaní y por eso la imaginaba como protagonista de una conocida escena pascual: “Rosa”, diría el Resucitado. “Maestro”, respondería ella. Agradeció todo lo que Rosa había hecho por la diócesis y por la Iglesia, especialmente por los jóvenes y los sacerdotes de Barcelona.

Mosén Josep Monfort, consiliario del Movimiento Cristiano de Jóvenes y del equipo de la Delegación de Pastol de Juventud de Barcelona, leyó dos textos que Rosa había publicado en la Hoja Diocesana. Y acabó invitando a todos a vivir el espíritu y los valores que se desprendían de estos escritos, pidiendo a Rosa que nos ayudase desde el cielo.

Finalmente el Sr. Joan Deulofeu, padre de Rosa, dirigió unas palabras de agradecimiento al Señor por haberle dado una hija así. También dio las gracias por el amor que había recibido de todo el mundo. “Lloro, pero no estoy triste”, comenzó diciendo.

Y acabó con una poesía de navidad dedicada a la Sra.Montserrat, la madre de Rosa. Poema repleto de versos de acción de gracias y palabras de amor y ternura. Los aplausos de todos los que estábamos allí estallaron espontáneos y resonaron largamente por toda la nave de Sant Agustí.

La oración final, la bendición y la aspersión del agua sobre la persona difunta nos recuerda el bautismo que la hizo nacer a la vida cristiana. Rosa había cultivado este sacramento con todo cuidado y apasionadamente mientras vivió entre nosotros. Ahora esta aspersión del agua nos recordaba su nacimiento a la vida eterna del Padre.

Sí, a la hora de la despedida todos estábamos convencidos de haber vivido una mañana de Pascua.

El canto del Virilai, con las voces quebradas, pero con la fuerza de todos los corazones, nos transportaba en pensamiento a Montserrat donde Rosa iba tan a menudo a hacer ratos de oración, a dar conferencias, o a encuentros con los jóvenes. Subía también a la Vigilia de Santa María o iba a visitar a los monjes. Pero especialmente iba a encontrarse con la Virgen para que la ayudara a recuperarse despué de tanto trabajo realizado.

Cuando salimos a la plaza de la iglesia, aún lucía un pálido sol, pero no hacía tanto frío. Allí también irrumpió de nuevo la gente con un fuerte aplauso lleno de emoción, de lágrimas, de de secreta esperanza, de añoranza y, sobre todo, de agradecimiento.

El coche de la funeraria marchó, calle arriba. Nos confortaban a todos las palabras que hacía poco acababa de decir el obispo Carrera:

“Rosa, ahora enterramos tu cuerpo. Pero lo que no enterraremos nunca es el mensaje de tu vida.”

Ahora los aplausos resonaban aún más fuerte en la plaza. Los sollozos i las lágrimas se mezclaban con las miradas serenas. Los silencios buscaban consuelo en alguna palabra hecha de fe. Juntos compartíamos el duelo de aquella hora de despedida....

Era mediodía. Comenzaba la tarde.http://studio.imhoster.netattachments/Image/despedida3.jpg

En el cementerio de Poblenou estaban la madre, el padre, el hermano sacerdote y toda la familia de Rosa. También algunos amigos y amigas. Era una hora calmada.

 El padre volvió a dar gracias a Dios por Rosa. Volvió a agradecer a su hija todo lo que les había dado. Y recordó con agradecimiento a todos los que les habían acompañado de cerca durante el tiempo de la enfermedad: la familia, Anna, Francesc..

Ramón, un primo de Rosa, leyó estas palabras que puso en la boca de la hija que él y su esposa esperaban: “ Queridos Reyes Magos: Soy una niña muy pequeña que aún no ha nacido, pero que ya escribo mi primera carta a los Reyes. En ella no os pido juguetes. Sé que, seguramente, no podré conocer a mi prima segunda, Rosa. Pero sé que mis padres me explicarán que me llamo como ella, porque gracias a ella se conocieron. Deseo que apoyéis a toda la familia.” Firmado: Rosa Mª González Grafulla, el 05/01/2004 a las 14,30 horas.

Mosén Santí inició entonces una oración. Juntos entonamos “Noia del poble, Maria”.
Era una hora tranquila y calmada. Se oía lejano el ruido de la ciudad. Se percibía más lejano que la presencia de Dios. No es de extrañar, pues, que aquel padrenuestro que rezamos saliese del fondo del corazón, intenso, acercándonos, serenamente al Misterio de Cristo Resucitado.

Ahora sí que lucía el sol en el cementerio de Poblenou.

Volvimos a casa comentando por el camino todo lo que habíamos vivido. Sentíamos, calmadamente, que nuestro corazón recobraba la paz y se encendía de fe.

 Cerca, por encima del mar, brillaban caminos hacía el horizonte.

 

Gracias, Rosa, por tu testimonio de fe en Jesucristo y el amor a la Iglesia. Gracias por todo lo que nos has dado, lo que nos has enseñado y por lo mucho que nos has querido.

Jaume Galobart i Duran. /Rosa, la sonrisa de la fe/ Testimonios